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September 19, 2019
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Este artículo fue originalmente publicado el 19 de septiembre en el medio de análisis internacional El Orden Mundial. El autor es el ayudante de investigación del Navarra Center for International Development David Soler Crespo. Puede consultar el artículo original aquí, publicado bajo licencia Creative Commons BY-NC-ND. A continuación se reproduce íntegro el artículo.

El sur de África no tuvo una independencia como la del resto del continente. Allí se habían mudado poblaciones de blancos desde hacía décadas y echarles no era tan fácil. Los movimientos de liberación se vieron obligados a llegar a acuerdos tras duros periodos de guerra de guerrillas para conseguir la independencia y acabar con los Gobiernos de la minoría blanca, aceptando con ello un sistema capitalista y racista del que renegaban. Ahora, más de 25 años después, siguen intentando reformarlo desde el poder, pero están perdiendo el apoyo de una población cada vez más joven.

Para entender la actual configuración y los problemas de los países del sur de África es vital echar la vista atrás. Desde el siglo XIX los europeos establecieron colonias de poblamiento estos países, en los que, desde 1870, tenían un gran interés por tratarse de lugares estratégicos para el comercio entre enclaves portuarios y para la explotación de minerales. Después de sufrir la presencia de los colonizadores durante décadas, en el siglo XX afloraron movimientos nacionalistas decididos a acabar con los Gobiernos de la minoría blanca, movimientos que defendían la igualdad entre personas por encima de la raza y un sistema de socialismo marxista que redistribuyera la riqueza entre la población negra. La contundente respuesta de los poderes coloniales hizo que adoptaran tácticas guerrilleras para presionar a los Gobiernos que, ante la amenaza de una independencia a las bravas como en otros lugares del resto del continente y la presión internacional, acabaron cediendo. Así, los movimientos de liberación pasaron de un día para otro de luchar en el exilio a constituirse como partidos políticos y tomar el mando de sus países. 

Sudáfrica empezó a independizarse del Reino Unido en 1934, pero los gobernadores locales impusieron un sistema de segregación racial que denigraba a la población negra hasta 1994, cuando el Congreso Nacional Africano (ANC por sus siglas en inglés) liderado por Nelson Mandela ganó las primeras elecciones democráticas. Cuatro años antes el Gobierno del apartheid había aceptado su fin y dejó de ocupar la vecina Namibia, que se independizó y en la que tomó el poder la Organización del Pueblo de África del Sudoeste en Namibia (SWAPO por sus siglas en inglés). Una década antes, en 1980, la Unión Nacional Africana de Zimbabue-Frente Patriótico (ZANU-PF por sus siglas en inglés) había conseguido acabar con el Gobierno racista de Ian Smith, ya que el país había conseguido la independencia en 1965 pero seguía estando controlado por una minoría blanca. 

Por su parte, las colonias portuguesas de Mozambique y Angola habían conseguido la independencia en 1975, pero no fue hasta 1992 y 2002 respectivamente que tuvieron paz tras las guerras civiles que ganaron el Frente de Liberación de Mozambique (FRELIMO) y el Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA). A estos dos movimientos y a los anteriores les apoyó desde el principio el Chama Cha Mapinduzi (CCM), movimiento de liberación que llegó al poder en Tanzania tras luchar por la independencia de 1961.

Para ampliar: “La independencia del África lusófona: una revolución traicionada”, Luis Martínez en El Orden Mundial, 2017

 Fechas de independencias de los países de África. Fuente: Reddit

Todos ellos forman hoy la organización de los Antiguos Movimientos de Liberación del Sur de África (AMLSA). Tras apoyarse los unos en los otros en la lucha armada, ahora se apoyan en la política desde sus respectivos Gobiernos. 25 años después de la llegada al poder del último —la CNA de Nelson Mandela— todos siguen en el poder. Las trayectorias de cada país son muy diferentes, pero pase lo que pase los AMLSA se garantizan el apoyo y reconocimiento regional los unos a los otros. Este apoyo resulta cada vez más importante, ya que todos ellos —excepto la SWAPO— están sufriendo una profunda crisis electoral que hace peligrar su hegemonía. La incapacidad de reducir la desigualdad económica y el desempleo, distribuir la riqueza, acabar con la corrupción e incluir al cada vez más importante grupo de jóvenes en el panorama político están comiéndole terreno al legado de liberación del que aún hoy viven estos partidos. 

Las guerrillas llegan al poder

En el sur de África se había establecido un sistema colonial más sofisticado que en el resto del continente. A diferencia de muchos otros territorios, donde los occidentales llegaban solo para explotar sus recursos, los colonos europeos vieron la oportunidad de establecer allí a un grueso de su población y recrear un sistema similar al occidental, con instituciones fuertes, leyes exigentes y un sistema capitalista. Sin embargo, este sólo se aplicaba a ellos, los blancos, relegando a la mayoría de la población negra a ser ciudadanos de segunda. En países como Sudáfrica y Zimbabue, Gobiernos integrados por blancos incluso lideraron la independencia de su metrópolis, perpetuando durante décadas un sistema de segregación racial desde dentro.

Para ampliar: “El legado de la exclusión racial en Sudáfrica”, Fernando Rey en El Orden Mundial, 2016

Los movimientos de liberación vinieron a combatir contra todo lo que esos Gobiernos de minoría blanca encarnaban. Defendían un Gobierno de mayoría negra, igualdad ante la ley por encima de la raza y un sistema socialista marxista que redistribuyera la riqueza entre la población. Su lucha dependía mucho del apoyo activo de los campesinos y vieron en el marxismo una ideología de referencia en la lucha contra el capital, además de una manera efectiva de ganarse el apoyo de la población oprimida.

La resistencia pacífica fue rápidamente reprimida por unos Gobiernos que, conscientes de las olas independentistas en el resto del continente, querían cortar de raíz una revolución socialista que acabara con sus privilegios. En los años 60 los movimientos de liberación aceptaron que la lucha armada era la única opción, lo que marcaría su naturaleza y comportamiento futuro. Cada movimiento creó su brazo armado: guerrillas que adoptaron disciplina militar, con sistemas jerárquicos donde la obediencia primaba por encima de la diversidad de opiniones. Fue en esta época cuando se establecieron los lazos entre movimientos, ofreciendo ayuda y refugio a los guerrilleros que tenían que exiliarse.

Índice de democracia de 2018 de The Economist. De los cinco países del grupo AMLSA, Namibia y Sudáfrica pueden considerarse democracias, aunque con problemas; Tanzania es un régimen híbrido; y Angola, Mozambique y Zimbabue tienen regímenes autoritarios. Fuente: The Economist Intelligence Unit

Tras derrotar a los Gobiernos de mayoría blanca, los movimientos de liberación vieron las elecciones de transición como una manera de ganarse el respeto y la legitimidad internacional, aunque sentían que el verdadero derecho para gobernar se lo daba el haber ganado la independencia de su país. Aquel que no hubiera participado en el conflicto armado no debía liderar, como aseguraron miembros de ZANU-PF. Los AMLSA acabaron por jugar a la democracia a pesar de no conocían un sistema democrático ni lo habían establecido en sus propias organizaciones, y solo la aceptaron como un instrumento adecuado para perpetuarse en el poder, pero siempre mientras fueran ellos los que ganasen. Aún hoy perder el poder es inconcebible para estos partidos, porque claman no solo representar a la población y la lucha contra la segregación racial, sino ser la encarnación del pueblo. 

Para ampliar: “Zimbabue, el país de un solo hombre”, Eduardo Saldaña en El Orden Mundial, 2016 

Así, en 2008 Robert Mugabe no aceptó la derrota en la primera ronda de las presidenciales ante el Movimiento por el Cambio Democrático (MDC por las siglas en inglés) de Morgan Tsvangirai y empleó la fuerza para reprimir a los votantes de la oposición. Tsvangirai llegó a pedir a sus votantes que no fueran a las urnas si eso podía salvar sus vidas. El apoyo tácito al Gobierno opresor de Zimbabue por parte de sus socios regionales muestra que la camaradería entre excombatientes está por encima del respeto a la democracia y es un preocupante ejemplo de cómo podrían responder el resto de miembros del AMLSA en caso de perder unas elecciones. De la misma forma, en Namibia, el partido en el Gobierno ha llegado a asegurar en eslóganes electorales que “SWAPO es la nación y la nación es SWAPO”, difuminando la línea entre partido y Estado y acusando a cualquier opositor de traidor que busca reestablecer un Gobierno de minoría blanca. De manera similar, en Sudáfrica la CNA ha llegado a asegurar que son la única opción para prevenir una vuelta al apartheid.

Trayectorias diversas 

A pesar de compartir ideales, contextos y luchas similares, cada país ha tenido trayectorias distintas. El respeto por la democracia ha prevalecido en aquellos lugares donde se labró un constitucionalismo sólido con respeto hacia la separación de poderes y basado en amplios acuerdos respaldados por la sociedad civil. Esto ocurrió en Sudáfrica y Namibia, lo que ha permitido contrarrestar el poder de la CNA y SWAPO y convertir a ambos países en dos de las únicas siete democracias africanas catalogadas como tal por el Índice de Democracia de The Economist de 2018. Allí es también donde más se han respetado las libertades civiles: Namibia y Sudáfrica lideran el continente en libertad de prensa y ocupan el puesto 23 y 31 —respectivamente— del índice mundial de Reporteros sin Fronteras 2019, que asegura que allí hay un ambiente para hacer periodismo mejor que en países occidentales como Estados Unidos, Reino Unido o Francia. Sin embargo, en los últimos años la CNA ha mostrado estar dispuesta a amordazar la libertad de prensa, pero la movilización de la estructurada y contestataria sociedad civil sudafricana lo ha impedido. 

El resto de los AMLSA han tenido problemas en su respeto hacia la democracia. En Tanzania el presidente John Magufuli está acabando con los avances democráticos conseguidos desde que en 1995 el país celebrara sus primeras elecciones multipartidistas. Conocido como el Buldócer, desde su llegada al poder en 2015 ha prohibido las actividades de partidos de la oposición, amedrentado a los votantes con el uso de la violencia en las eleccionessuspendido una decena de medios de comunicación e impuesto una tasa a la creación de blogs.

Peor suerte han corrido las democracias en Mozambique, Angola y Zimbabue, países considerados como regímenes autoritarios por el Índice de Democracia de The Economist en 2018. En el primero, el partido de oposición Resistencia Nacional Mozamnbiqueña (RENAMO) —nacido una vez conseguida la independencia como una escisión de guerrilleros de FRELIMO descontentos con el comunismo— ha vuelto a adoptar tácticas de guerrilla en 2013 tras ver su incapacidad de ganar a su rival en las urnas, lo que le funcionó para triplicar sus votos en las elecciones de 2014, pero ha vuelto a sumir al país en una situación de inestabilidad política. 

Para ampliar: “Mozambique, presa de su guerra detenida”, Blas Moreno en El Orden Mundial, 2016

Mientras, en Angola y Zimbabue los longevos presidentes José Eduardo Dos Santos y Mugabe dejaron el poder en 2017 tras 38 y 37 años al frente de sus respectivos países y, aunque sus turbulentas salidas prometían mejoras en la democracia, estos deseos no acababan de cumplirse. En Angola, Dos Santos dejó el poder motu proprio y eligió a João Lourenço como su sucesor, pero este ha desterrado a los aliados de su predecesor y acotado su poder en el MPLA. Mientras, en Zimbabue, el sucesor Emmerson Mnangagwa ha desterrado cualquier ilusión de cambio al recurrir a la violencia para acallar las protestas.

Ingresos per cápita de cada grupo racial en Sudáfrica en 2008. Fuente: OCDE  

Zimbabue es el país que peor parado ha salido en materia económica. A su llegada al poder, los nuevos Gobiernos tuvieron que enfrentarse a un mundo cambiante, con la Unión Soviética en declive y el socialismo en retroceso. Los movimientos de liberación tenían que decidir entre perseguir su agenda socialista o aceptar participar en el nuevo orden mundial capitalista liberal. Con unas economías profundamente desiguales, el crecimiento económico era vital para mostrar al mundo su capacidad para gobernar un país. Ante esta tesitura, todos optaron por renunciar a las políticas de nacionalización y abrirse a la inversión extranjera, desarrollando buenas relaciones con las grandes compañías que controlaban la economía de sus países. Ello ha permitido a Angola crecer por encima de un 10% del PIB anual en los años posteriores a la firma de la paz en 2002 y a Namibia y Sudáfrica tener un crecimiento económico moderado pero estable que ha permitido desarrollar un sistema de ayudas sociales vital para sostener el sistema.

Para ampliar: “Namibia, el pequeño gran país del sur de África”, David Soler en El Orden Mundial, 2019

En Zimbabue los frágiles acuerdos con los conglomerados fracasaron pronto y han llevado a la quiebra al país. El escepticismo de Mugabe hacia la comunidad empresarial, la división de esta por sectores o las políticas de liberalización que dañaron a las industrias locales se suman a partir del año 2000 a las ocupaciones de tierra en manos de blancos por parte de los 45.000 veteranos de guerra que quedaron excluidos del Ejército. El Gobierno apoyó la expropiación sin compensación pero la falta de experiencia de los nuevos propietarios ha llevado a una drástica reducción de la productividad. En 2019 todavía hay 5.3 millones de personas con inseguridad alimentaria y un 62,5% de la población vive bajo el umbral de la pobreza

Los cinco pecados capitales

Todos los AMLSA han perdido votos en sus últimas elecciones excepto SWAPO en Namibia, donde el partido sigue gozando de gran apoyo y una oposición dividida por cuestiones regionales, étnicas y personales no ofrece una alternativa real. 

Sudáfrica ha sido el último país en dar entrada al populismo ya establecido en otras partes del mundo. El presidente Ramaphosa ha conseguido retener el poder en las elecciones de 2019, pero la CNA bajó por primera vez del 60% de los votos ante la subida del partido de extrema izquierda Luchadores por la Libertad Económica. Liderado por el antiguo líder de las juventudes de su partido, Julius Malema, este nuevo partido ha conseguido que la CNA acepte la expropiación de tierras sin compensación ante la previsión de la pérdida de votantes. A ello se suma la creciente importancia de los radicales afrikáner Frente de la Libertad, que han quitado votos al principal partido de la oposición, la liberal DA.

Para ampliar: “La reforma agraria en Sudáfrica y el populismo racial”, Eduardo Saldaña en El Orden Mundial, 2018

Resultados de los seis movimientos de liberación en elecciones multipartidistas desde la independencia de cada país. Fuente: elaboración propia del autor 

En Tanzania el tradicional partido opositor Chadema también ha crecido en apoyos, lo que ha motivado la ola represora del nuevo presidente Magufuli, que en 2015 fue el primer candidato del CCM con menos del 60% de los votos. Mientras, en Zimbabue el MDC estuvo cerca de ganar las elecciones en 2018 a pesar de que sus votantes sufrieron amenazas y represión durante el periodo electoral. En Angola y Mozambique al crecimiento del apoyo de los históricos partidos opositores UNITA y RENAMO se une la aparición de terceros partidos con creciente apoyo que vienen a romper la dinámica bipartidista: la Convergencia Amplia para la Salvación de Angola-Coalición Electoral (CASA-CE) y el Movimiento Democrático de Mozambique (MDM) respectivamente. 

La subida de los partidos de la oposición se fundamenta en el hartazgo de la población y la creciente pérdida de apoyo hacia los AMLSA por sus actuaciones en el Gobierno. Fundamentalmente los movimientos de liberación han cometido cinco pecados capitales al llegar al Gobierno. En primer lugar, las políticas de representatividad racial han provocado una ineficiencia estatal al faltar experiencia en el manejo de las instituciones y promover la selección de un personal que no encajaba con su posición. En Namibia esto causó que un cuarto de los puestos en los altos cargos y un tercio en los niveles medios se quedaran vacantes en 2008.

Segundo, las políticas de empoderamiento racial han promovido la corrupción al servir para colocar  a amigos, familiares y votantes en las instituciones estatales y puestos de dirección de empresas privadas. En Sudáfrica, una auditoría realizada en 2011 reveló que un 95% de las municipalidades sudafricanas estaban inmersas en políticas de clientelismo con acciones como dar contratos públicos o puestos de trabajos a familiares o empresas privadas a cambio de sobornos.

Tercero, los inmensos recursos que da el control del Estado han provocado que surjan facciones en los AMLSA que batallan por el control del partido. Esto reduce la independencia del Ejecutivo ya que, una vez llegado al Gobierno, el nuevo líder debe muchos favores a los que le han aupado hasta ese sillón. Recientemente estas luchas se han visto en Sudáfrica y Zimbabue, con dos facciones divididas entre la vieja guardia del partido lideradas por Ramphosa y Mnangagwa —respectivamente— y otra apoyada por los presidentes salientes Zuma y Mugabe, que buscaron colocar sin éxito a su exmujer Nkosazana Dlamini-Zuma y su mujer Grace Mugabe en el poder.

Mapa de la desigualdad económica en el mundo según el coeficiente de Gini: los países del sur de África son unos de los más desiguales del mundo. Fuente: Wikipedia

El cuarto motivo es que la incesante desigualdad económica y el desempleo. A pesar de su relativa estabilidad macroeconómica, Sudáfrica y Namibia son hoy los dos países más desiguales del mundo según el coeficiente de GiniMozambique es el peor país de todos los AMLSA en desarrollo humano, en Angola el 48% de la población es pobre y en Zimbabue un 94% de la población no tiene un empleo formal. La desigualdad afecta todavía más a los jóvenes. En Sudáfrica y Namibia el desempleo juvenil es 13 puntos mayor a la media, con un 40,7% de jóvenes que no trabajan o estudian en el primer país y un 46,1% sin empleo en el segundo

Para ampliar: “Sudáfrica, retrato de la disparidad”, Inés Lucia en El Orden Mundial, 2016

Por último, los AMLSA han abandonado a su gente y los ideales con los que nacieron por mantener el control. Decidieron aparcar temporalmente el socialismo debido a las dificultades para implementarlo, pero lo han terminado por desterrar al acomodarse a un sistema contra el que lucharon, pero que les ha logrado continuar en el poder a costa de una mayoría que no recibe beneficios. En definitiva, han cambiado Gobiernos de la minoría blanca por Gobiernos de una minoría negra. 

Los próximos años serán clave para ver si los AMSLA resisten o pierden poder. Para que no lo hagan deben cambiar pronto, promoviendo políticas destinadas a reducir la desigualdad económica y el empleo y que contengan las crecientes protestas de una población harta. Además, también tendrán que dar paso a gente joven en el Gobierno, un sector de la población con cada vez más importancia demográfica que representa el futuro del país y que es el que más sufre la desigualdad. Si no lo consiguen se llevarán por delante a los AMSLA, cada vez más alejados de su anterior imagen como movimientos de liberación.

Para ampliar: «The slow death of Liberation Movements in Southern Africa», David Soler en Navarra Center for International Development, ICS, Universidad de Navarra, 2019