02 de Octubre, 2018
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Escrito por NCID

Abiy Ahmed era tan solo un adolescente de 15 años cuando Isaias Afwerki declaró la independencia de Eritrea en 1991. Pero Ahmed ya estaba metido en política. Primero se unió al Oromo Democratic Party (ODP) para combatir el régimen de Mengistu Haile Mariam en Etiopía y años más tardes lideró un equipo de inteligencia de su país en la guerra ante su vecina Eritrea entre 1998 y el año 2000.

Ahmed tiene ahora 42 años. Es el líder más joven de África y primer jefe del Ejecutivo de Etiopía en “aceptar por completo la implementación” del acuerdo de paz sellado entre ambos países en el año 2000, el cual nunca tuvo efecto. Tras dos décadas de fronteras cerradas, nula diplomacia y tensión incandescente, Etiopía y Eritrea acordaron un final al conflicto el pasado mes de julio, el cual ratificaron por escrito a principios de septiembre en una cita histórica que tuvo lugar en Arabia Saudí. El acercamiento también ha incluido a los vecinos Djibouti y Somalia, los cuales también tenían conflicto de intereses con Eritrea.

Organizaciones internacionales como la ONU han dado la bienvenida al acuerdo de paz. El Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, dijo en la firma del acuerdo que “soplan aires de esperanza en el Cuerno de África”. El día que el mundo recordaba el aniversario de los ataques a las Torres Gemelas, miles de etíopes celebraban el Año Nuevo de Etiopía cruzando por primera vez la frontera con Eritrea y abrazando a familiares y amigos por primera vez en veinte años. Desde entonces se han reanudado los vuelos comerciales, se han reabierto las embajadas en ambos países y los servicios telefónicos se han restablecido entre ambos países.

Reina el optimismo en el Cuerno de África, pero tras el acuerdo surgen muchas preguntas tras este repentino cambio en las relaciones entre países. ¿Por qué ahora y no antes? Cómo ha podido ocurrir todo tan rápido? ¿Cuáles son los intereses de estos países en abrirse a sus vecinos? ¿Qué impacto puede tener dentro de Etiopía y Eritrea y más allá de sus fronteras?

Ahmed, el reformista

El impulso para el cambio comenzó con la inesperada renuncia el pasado 15 de febrero del ex primer ministro de Etiopía, Hailmemariam Desalegn. El líder aseguró que dejaba el cargo con la esperanza de finalizar las tensiones políticas que asolaban el país desde 2015, cuando los Oromos comenzaron las protestas clamando que habían sido marginados de la sociedad. Los Oromos son el más grande de las más de 80 grupos étnicos que coexisten en Etiopía y cubren casi un tercio de la población. Tras ellos están los Amhara, quienes encapsulan a un 27% de los etíopes. Desalegn era Amhara y su sucesor, Ahmed es el primer líder Oromo en la historia del país.

El nuevo primer ministro accedió al poder prometiendo profundos cambios. Pocos meses después ya ha restablecido las relaciones con la archienemiga Eritrea, ha tendido la mano a los oponentes políticos exiliados y ha abierto la puerta a liberalizar una economía controlada por el Estado.

Oportunidades para el desarrollo tras la paz

La guerra a finales del siglo XX causó más de 80.000 muertes y el conflicto de las últimas dos décadas ha dejado 160.000 refugiados eritreos en Etiopía. Este proceso de paz trae esperanza para una estabilidad necesaria y una colaboración económica que puede beneficiar a ambos países. 

El escenario anterior provoca que cualquier acercamiento sea un paso adelante. Abrir las fronteras y reducir las tarifas genera una oportunidad de comercio única para ambos países, así como puede generar un impacto positivo reduciendo los precios de los productos de consumo e incrementando la competitividad. 

Eritrea ha estado aislada de sus vecinos y gran parte del mundo hasta ahora, centrando su comercio exterior con China y Corea del Sur. El potencial que sus costas tienen para el comercio en el Mar Rojo se ha echado a perder durante mucho tiempo, infrautilizando sus puertos. Por otra parte, Etiopía es el segundo país con mayor población de África y la economía con mayor crecimiento a un ritmo del 8.5%, según datos del FMI. Sin embargo, la geografía del país, cerrado al mar, hace que haya dependido hasta ahora en Djibouti para la entrada del 97% de sus importaciones. La posible apertura de carreteras y conexiones ferroviarias entre Etiopía y puertos etíopes acabaría con su dependencia absoluta en Djibouti y abriría una ruta más rápida y segura a los estados árabes del Golfo al evitar el Golfo de Adén.

El interés de los países árabes en el Cuerno de África

Arabia Saudí acogió la firma del acuerdo de paz entre ambas naciones en un gesto que muestra el gran interés que tienen los países del Golfo en establecer una paz duradera en el Cuerno de África que les permita incrementar sus relaciones estratégicas y comerciales. 

Recientemente, compañías dubaitíes acordaron una inversión de 442 millones de dólares para desarrollar la capacidad de puertos en Somalia y Emiratos Árabes Unidos (UAE) firmó un acuerdo con el autoproclamado gobierno de Somaliland para establecer una base militar en la ciudad porteña de Berbera.

Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí tienen un interés estratégico en el puerto de Assab en Eritrea. Esta ciudad es un punto vital para su lucha en la guerra de Yemen contra los rebeldes huts y la influencia de Irán en la región. Además, estudios recientes han arrojado que la costa de Eritrea esconde potencialmente grandes reservas de petróleo y gas que nunca han sido explotados debido a su desconocimiento y al conflicto con Etiopía. Estos países árabes y otras potencias mundiales se pelean por poder extraer estos recursos, que podrían traer una repentina lluvia de millones a Eritrea.

A todo esto hay que añadir que un acuerdo de paz duradero traería una estabilidad a la región que potenciaría el turismo y la inversión extranjera que han quedado estancados durante años debido a la inseguridad. Sectores tal como el de las telecomunicaciones tienen una oportunidad única de negocio con la apertura de líneas telefónicas entre Etiopía y Eritrea y un consecuente incremento en la demanda por terminales y conexiones móviles.

Esta paz puede traer increíbles oportunidades económicas para el desarrollo del Cuerno de África.  Sin embargo, Etiopía y Eritrea primero deben resolverlos numerosos desafíos que tienen dentro de sus propias fronteras.

La tensión étnica en Etiopía

A pesar de ser la economía que más crece de África, Etiopía también es uno de los países que peor distribución tiene entre sus ciudadanos. Los 783 dólares de ingreso per cápita lo convierten uno de los países más pobres, según datos del Banco Mundial. Además, a Etiopía se le conoce popularmente como la “China de África”, con una economía monopolizada por el Estado que limita la competitividad y echa para atrás la inversión privada. 

Desde la llegada del primer ministro Ahmed al poder el gobierno ha bienvenido la posibilidad de abrir compañías públicas como Ethio Telecomm y Ethiopian Airlines a la inversión privada. Este es un primer paso hacia una liberalización del mercado que pretende atraer inversión extranjera al país en sectores clave como las infraestructuras, la energía y las telecomunicaciones.

La apertura política de Ahmed ha llevado al Ejecutivo a legalizar al partido de la oposición Oromo Liberation Front, considerado hasta hace poco una organización terrorista con fines separatistas. Sin embargo, este movimiento ha supuesto un contratiempo al nuevo líder. Las tensiones étnicas tras el anuncio han dejado más de 20 muertos y 100 arrestados entre la región Oromo y la capital Addis Ababa después de que simpatizantes del Oromo Liberation Front pintaran las calles con su bandera para dar la bienvenida a casa a los líderes del partido exiliados. En su proclama por una apertura democrática y unas elecciones libres, el primer ministro se ha encontrado con un problema histórico de su país: las tensiones étnicas. Ahmed debe encontrar un equilibrio en el delicado tratamiento y relaciones entre etnias y asegurarse un fin de la violencia si desea que el proceso de paz y apertura democrática traiga un desarrollo real a Etiopía.

Afwerki debe demostrar su predisposición al cambio en Eritrea

Por su parte, el presidente Afwerki sale reforzado del acuerdo de paz tras conseguir que Etiopía acepte por completo la resolución fronteriza del año 2000. El líder ya ha pedido a la ONU que levante las sanciones que impuso a Eritrea en 2009, cuando sufrió un embargo de armas por supuestamente dar asistencia a los soldados rebeldes en Somalia.

Sin embargo, la situación interna todavía debe cambiar mucho si el presidente desea aprovechar el potencial que el acuerdo de paz tiene para desarrollar su país. Eritrea es penúltima, tan solo por encima de Corea del Norte, en el Índice de Libertad de Prensa de 2018 de Reporteros Sin Fronteras y todavía mantiene encarcelados a 11 periodistas acusados de terrorismo. Además, ocupa el puesto 165 de 180 en el Índice de Percepción de la Corrupción de 2017 de Transparencia Internacional y el penúltimo puesto de 190 países en el Informe de la Facilidad para Hacer Negocios de 2018 del Banco Mundial.

Un cambio absolutamente necesario para potenciar el mercado laboral es finalizar con la política de servicio nacional actual. En 1998 lo que solía ser un servicio militar de 18 meses se convirtió en un plan sin un periodo definitivo, obligando a muchos ciudadanos a permanecer atrapados durante más de 20 años, como denunció Amnistía Internacional.

Este programa ha arrastrado fuera del mercado laboral a miles de eritreos y ha tenido una consecuencia directa en la provisión alimentaria, ya que el 80% de la población eran granjeros que no podían cosechar sus cultivos, como explicó The Economist. El gobierno de Afwerki ha utilizado como excusa el conflicto con Etiopía para prolongar este programa, pero tras el acuerdo de paz el presidente debe finalizar con esta política de neo-esclavitud que ha forzado a miles a escapar del país y ha cortado el desarrollo de una incipiente población joven con una media de tan solo 18 años.

El primer ministro de Etiopía ha dado un paso adelante y su compatriota de Eritrea ha recogido el guante hacia un acuerdo de paz. Por sí solo esta normalización de las relaciones es una buena noticia para el Cuerno de África. Sin embargo, este acercamiento trae consigo unas grandes posibilidades de desarrollo económico y democrático para ambos países que solo se conseguirá si ambos líderes cambian la forma de gobierno establecida durante décadas en sus países. A pesar de que Ahmed ha mostrado su predisposición a celebrar elecciones libres con múltiples partidos y a abrir el mercado a la inversión privada, todavía tiene que concretar sus deseos en realidades. Por su parte, el presidente Afwerki todavía tiene que dar ese primer paso que muestre su interés en acabar con la opresión que ha caracterizado a su gobierno durante años.

La joven población del Cuerno de África proporciona una bolsa de trabajadores que producen una gran oportunidad para desarrollar una clase media prácticamente inexistente a día de hoy, pero también puede suponer una mayor pobreza si las puertas hacia la reforma social, política y económica permanecen cerradas.